Madre que estás esperándome sola
en los confines del orbe infinito,
goza, que llega el momento ya escrito
del resplandor de una hermosa aureola.

Pronto oleré tu perfume a amapola
y abrazaré el recipiente bendito
donde entregaste con mimo exquisito
vida a mi ser con tu dulce parola.

Y cuando llegue el instante anhelado
en que el gran Dios designó su momento
para dejarme volver a tu lado,

mi corazón saltará de contento,
ya para siempre a tu ser abrazado,
paladeando el dulzor de tu aliento.

 

© Antonio Pardal Rivas

26-9-09

 

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