Tú
no estabas,
pero me amaste a la hora del crepúsculo.
No me miraron tus
ojos,
no me veías,
mas yo sé que sin estar, me sentías.
No estabas, no me
tocaste,
pero, cogidos de la mano
sobre aquella rubia arena,
dibujamos nuestras huellas.
No me cercaron tus
brazos
y, sin embargo,
se fundieron tus latidos con los míos,
en un interminable abrazo.
No amaneciste a mi
lado,
pero el calor de tu cuerpo
me despertó de aquel sueño,
y bebí toda tu esencia, de un trago.
Tus manos no me surcaron,
y aún así,
mi piel te correspondía
y mis sentidos te apresaron.
No estabas para besarme,
¿por qué se me inundó la boca
con los jugos de la tuya,
casi al punto de asfixiarme?
Sentados a la puerta
de la vida,
compartimos el atardecer,
porque tú estabas conmigo,
aunque nadie te veía.
Nadie escuchó
nuestra risa,
pero disfrutamos juntos
mecidos por la misma brisa.
No estabas,
pero has estado
porque el poder de mis sueños
te acerca siempre a mi lado.
Porque estás
en mí,
anclado profundamente
al más tierno rincón de mi alma
Y emerges, sin resistencia,
cuando mi deseo te llama.
Y otra vez sé
que me amas,
donde quiera que te encuentres,
y que te amo yo, corazón,
más allá de las palabras.
Y existes, amor,
por el poder de mis sueños.
Yerbabuena.