Un
mar dorado de dunas infinitas,
hollaron mis pies desde tu marcha,
abrasador desierto que me engancha,
a la dulce memoria en que palpitas.
Avanzo calmosa por
la voraz arena,
forzosamente sumisa en el trayecto,
libando todavía este dolor infecto,
que al acíbar de su hiel me condena.
Mas vislumbro un
oasis lejanísimo
Y se afana mi alma en el galope
No sea que la duda lo trastoque
Trocándolo cruelmente en espejismo.
Ya lo alcanzo, sedienta
de su sombra,
y me lanzo de bruces a la fuente.
No me late el corazón. Está silente.
Sólo escucho el ruido que te nombra.
Y regreso a mi desierto
desolada.
Sé que debo culminar este viaje,
restituir al completo aquel bagaje,
Y esperar con paciencia la alborada.
Yerbabuena.