El hombre del traje azul
no llegó esta mañana a su cita.
Las horas pasaban renqueantes,
buscando cobijos en las telas
de tul.
Si no vuelves, no me lo cuentes.
Si no vuelves, no me acaricies.
Busca en la memoria un lugar seguro,
déjame ahí.
Que nadie sepa lo que amé,
que nadie pida explicaciones.
Vete huyendo como bien sabes
por los campos de las mentiras
en flor si es primavera, pero si
fuera invierno hasta la nieve
ardería aquí.
Nno mires atrás, que no sabes.
No mires atrás para no ver,
que nada queda a tu paso,
como aquel rey sota caballo
de las cartas de la fortuna.
Si te hubiera conocido antes,
cuando mentías con piedad,
otro gallo cantaría esta mañana
esperando al hombre del traje
azul, como el cielo que un día
dejé escondido tras la puerta
de una habitación de motel.
No creas que siento dolor,
no creas que has destrozado
el juguete de un niño en el parque.
Junto a los columpios llora
la niña que un día quiso más
de lo que nunca supo
ver en los ojos del vagabundo
que todas las tardes venía
por la calle Melquíades Álvarez.
Ojalá que las lágrimas que derramó
sepan a café hirviendo
en el paladar de la desesperación.
Si me acuerdo de ti, el sabor
ácido vuelve doblando esquinas
con la facilidad con que oleajes
desatan barcos anclados quién
sabe en que mares o puertos.
Tú sigue el camino,
tu no detengas pasos.
Perdidos objetos volaban
rotundos sobre cabezas
rapadas desde las ventanas del hospital.
Miran desconcertados el tráfico
mientras todos buscan un traje
azul entre los vestigios, ataduras
de la piel de tul.
Guillermo del Pozo. Noviembre-2.005.