Te pensaré unas manos…
Nuevas, dulces
que sólo a mí me rocen,
que puedan enredarse en mis pestañas
sin peligro.
Y arranquen de mi nuca antiguas voces.
Las dejaré que vaguen primitivas,
lentas, dóciles
por estos hombros antes de que huelan a manzana.
Y escucharé tu risa conocida
bajando por el hueco de mi espalda.
Llegarán adonde acaba el mundo,
allí que ya no habrá sabor ni despedidas…
Y rasgarán apenas con la punta de los dedos,
yerbabuena
entrañas suspiros deseos.
Te pensaré unas manos…
Nuevas, dulces,
que sólo a mí me creen y olviden,
que pongan mi alma en pie,
desmesurada.
Y en tu jardín, tomillo, si lo pides.
Guillermo del Pozo. Octubre-2.005.