Quise ver a través de otros ojos
y encontrar más caminos,
quise andar por veredas sin lodos,
por senderos sembrados de pinos.
Caminé con ahínco y fatiga,
pero a mí eso, me daba lo mismo.
En mi lucha constante en mi ver el destino,
no albergaba rencores ni odios.
Ofrecí como un niño cariño
de mis manos sedientas de amor.
De mis pasos buscando un amigo,
no salió una palabra de orgullo,
ni un bufido, ni un guiño.
Al camino brotóle maleza,
guijarros y pinchos,
se secaron las hojas que un día,
en su árbol me dieron cobijo,
y los pinos quedáronse solos
proyectando su sombra en mi limbo.
Es la vida un camino de abrojos,
cuándo el hombre deja de ser niño.
Ana C. Nieto (Gorrión_2.)
19-enero-2007.