He amanecido triste
y te he querido escribir,
sentada como tú hacías,
mirando hacia el porvenir.
¿Te acuerdas, madre?
Aquellos días de lluvia,
sentada tras los cristales.
Tú, me contabas historias
de la guerra, de tus padres.
Y yo, con los pies cruzados,
sentada bajo tu sombra,
escuchaba con asombro,
aquellas duras historias.
No me las quería creer,
me parecían mentira,
¿Cómo podía salir,
de los hombres tanta ira?
Cuántas gracias le doy a Dios,
con calma me repetías,
que mis hijas no vivieran,
esa guerra fraticida,
¿Ves madre, cuándo te dije
que yo en Dios no creía?
No quiero tener razón,
ni que me invada la ira.
Pero…otra vez se nos repiten
aquellas guerras malditas,
y…dime, ¿dónde está Dios?
¿Por qué consiente que sigan
guerras por la religión,
por poder y por reliquias?
Batallas que solo son,
el dominio de la inquina.
Avaricia, deslealtad
en una lucha suicida,
solo por tener poder,
no importa perder las vidas.
Ana C. Nieto (Gorrión_2.) 26 de julio de 2.006.