Se los llevaron del pueblo,
un viernes de madrugada.
Cuándo la gente dormía,
y había nacido el alba.
El camino de cipreses,
angosto y lleno de escarcha,
a lo lejos descubría,
las mudas paredes blancas.
Y...en las tapias del recinto,
fuera de tierra sagrada,
todos puestos en hilera,
un cura los confesaba.
Y aún, con la boca en el cristo,
descerrajaron las balas,
directas a los diez cuerpos,
todas fueron disparadas.
En las paredes, el rojo,
de la sangre, se notaba.
Y, entre la hierba, casquillos,
de la ira envenenada.
Y... a lo lejos...en el pueblo,
ronco tañar de campanas,
el silencio se hizo eco,
de aquellas vidas segadas.
Ana C. Nieto (Gorrión_2.) 1.970.