Las doce han dado en la torre,
donde el reloj no descansa.
De acero sus manecillas
marcan las horas sin danza.
Y van segundo a segundo,
detrás de uno, el otro avanza,
marcando así los minutos,
uno tras otro cuál lanza
que va clavando en mi pecho
las angustias y las ansias,
esperando que en sesenta
toque fuerte su sonata.
Y dan las doce, la una,
las tres de la madrugada;
y se hace eterna mi angustia
y se hastía mi esperanza.
Ya con el son de las cinco
empieza a salir el alba,
sobre los montes baldíos
asoma el sol su templanza.
Avanzando lentamente,
calentando la mañana,
y vuelve a sonar solemne
el reloj de mi esperanza.
Ana C. Nieto (Gorrión_2.)
15-octubre-2007.